Sin tacto
Por Sergio González Levet
10 de octubre de 2016

 

10 de octubre de 2016

Contra todas las buenas costumbres, contra las directrices del género, contra lo habitual en nuestra relación, el Gurú me recibió no con un Buenos días o un Hola, sino con una pregunta:

—A ver, mi vetusto discípulo, ¿qué piensas respecto del dinero? ¿Qué tan importante consideras que es la plata para la vida del hombre moderno?

 “Los patos le tiran a las escopetas”, pensé para mí, pero el maestro me ganó l idea con una explicación no pedida: pensador

—Ya sé, me vas a decir que soy un fiasco como maestro, porque debería enseñar y no preguntar, pero en verdad te digo que es mejor mentor el que aprende de sus alumnos que aquel que les trasmite datos y conocimientos.

—A ver, maestro, no entiendo muy bien. ¿Entonces es malo enseñar?

—Sigue mi línea de pensamiento y no te dejes apabullar por los dogmas, por lo preconcebido, porque entonces nunca podrás entenderme. Educar nunca puede ser malo, pero hay diferentes maneras de hacerlo, y la mejor es aquella en la que tanto el maestro como el alumno reciben una enseñanza. Yo te puedo decir que he aprendido más dando clases que tomándolas. Primero, porque debo prepara a conciencia el tema que voy a impartir, y segundo, porque los alumnos con sus preguntas, sus dudas y sus vacilaciones me obligan a forzar mis razonamientos, a defender mis proposiciones, a reconocer mis errores. Sé de catedráticos que se enojan porque algún estudiante les haga ver un error, y no se dan cuenta de que así cometen el peor error de su vida… pero te aprovechaste muy bien de mis ganas de hablar, de pontificar, me sacaste de mi pregunta, y no me has respondido nada.

—¿Dinero? ¿Importante? —dudé antes de arriesgar una respuesta, pero me decidí por lo más fácil: decir la verdad, o mejor, mi verdad—. No considero que deba ser algo crucial en la vida, aunque lo es. Así como en la época de las cavernas los hombres de la tribu salían a buscar comida para el sostén de todos, ahora hombres y mujeres salen de sus casas con el fin de ganar dinero, que es la manera que nos permite sobrevivir en la sociedad moderna. El dinero implica seguridad y también comodidad.

—Pero, cuidado, el dinero también puede traer inseguridad. Ve cuántos ricos no son robados, secuestrados, asesinados a causa de su fortuna —me advirtió el Gurú.

—Sí, maestro, ésa es una consecuencia perversa de nuestro sistema de vida, pero sobre todo de nuestra humanidad (tal vez debería decir “animalidad”): el hombre de la edad de piedra también tenía que resguardar hasta con su vida el alimento que había conseguido, porque muchos de sus congéneres se lo iban a tratar de robar. Somos una especie de ladrones, al igual que nuestros primos los chimpancés. Y como al parecer somos más inteligentes, pues los poderosos han diversificado su capacidad para despojar a nuestros semejantes, y no sólo de sus pertenencias, sino de su tiempo, de su libertad, de su mente.

—Debemos reconocer que la explotación del hombre por el hombre es parte esencial de nuestra historia —dijo como conclusión el Gurú, pero me advirtió que al siguiente encuentro continuaríamos con el tema.

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