Arturo Brizio-Carter


20.10.16

     Hace algunos años, cuando trabajaba como consultor en materia laboral, una importante empresa que tenía la audacia de contratar mis servicios acudió a un “gurú” del desarrollo organizacional. La pregunta fundamental era que cómo con el potencial, la calidad de los clientes y el mundo de trabajadores que empleaba, no podía tener el éxito de otras compañías notoriamente menores.

     En algún momento, desde la trinchera de las relaciones laborales, interactué con el especialista que además, cobraba en dólares. Hicimos el análisis del clima laboral y me permití compartirle algunas observaciones.

     Luego de tres meses de arduo trabajo, el imponente titán de empresas llegó a un diagnóstico fundamental, que yo les hubiera hecho gratis: “El problema es que en esta organización, los dueños están bien pendejos”.

     Me acordé de esto luego de presenciar la ignominiosa eliminación de la “máquina celeste” de Cruz Azul, en su propio estadio, esta vez a manos y/o pies de los “gallos blancos” del Querétaro.

     Lo raro de todo esto es que el mundo futbolero tiene perfectamente ubicada la enfermedad del cuadro celeste: El deficiente trabajo táctico y estratégico del director técnico Tomás Boy.

    Hace un año, el Necaxa los echó casi de forma idéntica y por lo que se mira, es muy probable que los de la Noria se queden fuera de la fiesta grande del balompié nacional.

      Cruz Azul se ha caracterizado por contratar extranjeros de mediano o paupérrimo nivel. Incluso nadie se explica cómo es que siguen llegando “refuerzos” por ahí de media temporada.

     No se necesita ser un experto para sospechar que bajo esa aparente ignorancia del mercado, subyace una inmensa red de corrupción que toca a promotores, representantes e incluso a dirigentes del más alto nivel.

     La cuestión es si no hay nadie en la cooperativa que mantiene al equipo que les cuestione a los mandamases de la institución esas absurdas decisiones. ¿Ignorancia o franca complicidad? Porque lo que danza ahí son millones de dólares.

     Pero volviendo a la enfermedad que aqueja al azul, escapa a mi pobre entendimiento que sigan manteniendo en el timón a un tipo que no da resultados, se pelea con todo el mundo, no gana nada, de todos lados ha salido con cajas destempladas, compromete el orgullo de la institución y si hoy acabara la liga, sumaría dos torneos sin calificar, con todo y las bondades que el sistema de competencia otorga.

     Y lo peor es que el dueño, Billy Álvarez, tampoco está de acuerdo con que Tomás, según sus propias declaraciones, siga manejando al equipo pero no se atreve a correrlo, por lo que tengo que estar de acuerdo con la opinión del especialista con que abrí esta colaboración.

     ¿Hasta cuándo? La experiencia muestra que la tontería hermana. Las dos “B”, Billy y Boy llevarán a la máquina a un abismo que no conocía.